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Continuamos con las cosas de economía de las que poder hablar cuando este verano alguien saque el tema de la crisis (ver primera y segunda parte). Para amenizar el artículo lo ilustro con una foto de Scarlett Johansson, quien por cierto, lo ha dejado con Sean Penn y por tanto está libre.
Tragedia de los comunes
La tragedia de los comunes es una situación en la cual múltiples individuos, actuando de manera independiente, agotan un recurso compartido, incluso cuando no le interesa a nadie hacerlo. El mejor ejemplo actual de esto son los pescadores. Nadie es dueño de las poblaciones mundiales de peces, son un recurso compartido. Los peces son algo que se consume en todo el mundo, y, como resultado, hay muchos pescadores compitiendo por ellos. Cada pescador intentará pescar todos los peces que pueda para maximizar sus beneficios. Sin embargo, es también interés del pescador el mantener las poblaciones de peces sostenibles, es decir, dejar peces suficientes para que se repueble, de modo que puedan quedar más peces para pescar. Si cada pescador se preocupase por la sostenibilidad, y deberían hacerlo si no quieren tener que buscar otro trabajo en el futuro cercano, ellos trabajarían para preservar las poblaciones de peces. He aquí el problema: falta confianza. Un pescador que actúa con responsabilidad y limita la cantidad que pesca saldrá perdiendo si los demás pescadores no lo hacen. Los otros pescadores cogerán más peces que el, ganarán más dinero y terminarán igualmente con la población de peces. De modo que, cada pescador, creyendo que los demás cogerán más peces de lo que es sostenible, cogerá todos los que pueda, y así se agotarán los recursos de peces del mundo, aunque nadie los quiera desperdiciar.
Tragedia de los anticomunes
Lo opuesto a la anterior tragedia de los comunes, la de los anticomunes, es una situación en la que demasiados propietarios (y burócratas) desalientan el cumplimiento de un resultado deseable a nivel social. Un ejemplo clásico son las patentes. Si un producto necesita varios componentes o técnicas patentadas por diferentes personas o empresas, esto hace que sea difícil, que se gaste mucho tiempo y que sea muy costoso el negociar con todos los propietarios, y puede que el producto no se llegue a producir. Esto puede suponer una gran pérdida si el producto es muy demandado o tendría grandes beneficios sociales. Todo el mundo pierde en esta situación, los propietarios de la patente, los fabricantes potenciales y los consumidores que hubiesen comprado el producto.
Hecho interesante: Un único microchip contiene hasta 5.000 patentes diferentes. Nadie puede crear un microchip salvo que todos los propietarios de las patentes acuerden conceder sus derechos.
1 kilo
Hoy el kilo de euros cotiza más caro, sobre todo si se pesa en billetes de 500 euros, ya que si uno de estos billetes pesa 1,14 gramos, mil billetes serían 1,14 kilos, y en dinero representarían unos 83 millones de las antiguas pesetas. Siguiendo esta misma relación, 877 billetes de 500 euros pesan exactamente un kilo. Así que el famoso «kilo» de El Cordobés ahora serían 72,96 millones de pesetas.
Hace 3 años, los investigadores de la Universidad Rice en Houston consiguieron un material de color negro que es más negro que el más negro de los negros. Un material que absorbe el 99,9% de la luz que recibe, treinta veces más negro que la muestra de material de carbono que utiliza el organismo nacional de mediciones de aquel país para medir reflexión de los materiales.
Ayer, trás ta rebaja de la calificación de la deuda americana, todos nos esperábamos un Lunes más negro que el más negro de los Lunes. Finalmente se quedó en negro oscuro y es que pese a todo, hay motivos para creer que el mundo seguirá girando aunque EEUU haya perdido la triple A.
Aunque el impago por parte de un país respecto a la posición global de los EE.UU posiblemente cause estragos en los mercados financieros, la historia sugiere que perder una calificacion de triple A puede no supone los enormes daños para el mercado que algunos temen.
Japón, Canadá o Australia, entre otros (además de los recientes países Europeos), han experimentado el trauma de bajar de categoría desde las cimas más altas de la solvencia crediticia y en general, los costes de los préstamos se mantuvieron bastante constantes, incluso en algunos casos, finalmente disminuyeron. Las bolsas se tambalearon pero en general rebotaron, al tiempo que la respuesta de los mercados de divisa varió mucho.
Para los EE.UU., la historia sugiere que el resultado podría incluso ser positivo a largo plazo si una reducción en la calificación impulsa a los políticos a poner en order la situación fiscal del gobierno. Todo el mundo conocía la debilidad de la economía americana y era cuestión de tiempo que alguna agencia de calificación se atreviese a bajarle la nota (pese a que no sigan el mismo criterio para ambos lados del Atlántico)
Si revisamos la historia de las reducciones de calificaciones de las deudas soberanas, y su efecto sobre los mercados de bonos, desde 1990, descubriremos que que cuando bajaban las calificaciones de la deuda soberana en un grado desde la triple A, los rendimientos de los bonos apenas cambiaron. A fin de cuentas es bajar de “Matrícula de honor” a un “Sobresaliente”
Es distinto cuando los países reciben calificaciones aún inferiores, como una A o entran casi en territorio «basura». Cuando la reducción de la calificación es a grados muy bajos, el efecto es muy importante.
Cierto es que el caso americano es bastante especial ya que la deuda del Tesoro estadounidense es la inversión con mayor profusión, siendo titulares de importantes partes otras naciones como China o Japón. A diferencia de Japón, cuyos bonos están en poder principalmente de titulares nacionales. Asimismo, el dólar estadounidense es la divisa más frecuentemente utilizada para las transacciones y las cuentas de ahorro. Ambos son considerados inversiones seguras.
En 1998, Moody’s Investors Service rebajó la calificación de la deuda japonesa de su máxima valoración de Aaa a Aa1, esa rebaja no fue seguida de forma inmediata por otras compañías de calificación. Standard & Poor’s mantuvo la máxima calificación de Japón en triple A hasta febrero de 2001, momento en que la rebajó un grado hasta doble A+.
El día de 1998 en que se produjo la rebaja, el yen cayó un 0,7%, según los datos recopilados por Wells Fargo. Tres meses después, el yen subió un 1,1% desde antes de la rebaja, y seis meses más tarde, el yen estaba un 2,7% más bajo.
Entre tanto, la respuesta de las acciones y bonos japoneses el día de la rebaja fue «bastante escasa», el índice bursátil Nikkei bajó un 2% un mes después.
En el caso de Japón, la rebaja de Moody’s se produjo cuando el país salía de una recesión y el día en que la Reserva Federal estadounidense rebajaba los tipos de interés como respuesta a la crisis derivada del fondo de cobertura Long Term Capital Management. Dos semanas después de la rebaja de Moody’s, las acciones japonesas estaban más altas.
Canadá también sufrió una rebaja de múltiples etapas durante un período de varios años.
En octubre de 1992, cuando S&P redujo la calificación de la deuda extranjera de Canadá en un grado desde triple A, se produjo un efecto muy leve sobre los mercados canadienses. Pero cuando Moody’s se sumó en 1994, los rendimientos de la deuda a 10 años subieron un 0,45% durante el mes siguiente y las acciones cayeron un 6%.
Posteriormente, en abril de 1995, Moody’s rebajó la calificación de la deuda canadiense en un grado desde Aaa. Ese día, hubo poca reacción en los mercados de bonos, acciones o divisas.
Pero la calma no duró mucho ya que ña diferencia entre los bonos a 10 años estadounidenses y canadienses subió de 1,30 a 1,88 punto porcentuales durante cuatro meses.
Impulsado en parte por la rebaja de las calificaciones, Canadá promulgó estrictas reformas presupuestarias, y el mercado de bonos cambió de curso. En noviembre, los rendimientos a 10 años eran parecidos a los estadounidenses.
Se pusieron muy serios con el equilibrio de su presupuesto, la rebaja de la calificación les sirvió para acelerar las reformas.
Ha habido otros ejemplos, en los que la respuesta del mercado ha sido más dramática. Cuando Suecia sufrió una crisis bancaria y una recesión, la rebaja de su calificación triple A en 1991 presenció la pérdida de un 11,4% de la corona durante los siguientes seis meses, al contrario de lo que ocurrió en 1986 con la rebaja de Australia que trajo una subida de un 12,6% del dólar australiano.
No obstante, la calificación crediticia AAA es muy difícil de recuperar cuando se ha perdido y la prioridad es no perder nunca la calificación, algo que finalmente ha ocurrido en EEUU. Ayer mismo, S&P recordaba que los países que han perdido la máxima nota tardaron al menos 9 años en recuperarla
Por otro lado, el director general de S&P, John Chambers, indicó que, históricamente, sólo cinco emisores soberanos entre todos aquellos que perdieron la máxima nota de solvencia lograron recuperarla, para lo que necesitaron entre “9 y 18 años”.
En concreto, los cinco países que, hasta la fecha, han logrado regresar a la máxima categoría crediticia tras haber perdido la ‘triple A’ son Canadá, Suecia, Finlandia, Australia y Dinamarca.
“Cinco (países) han recuperado su ‘triple A’ y todos lo hicieron asumiendo, durante un periodo sostenido de tiempo, programas sustanciales de consolidación fiscal y no sólo estabilizando su deuda, sino reduciendo su peso en la misma”, añadió.
Como comentaban ayer en el foro de bolsa, el problema es la economía y no lo que diga una agencia de rating Mientras tanto, esperemos que la administración Obama, aunque sea por orgullo hagan todo lo posible por recuperar la triple A.
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Y el mundo sigue girando
Hay un chiste que creo resume muy bien los comportamientos que a veces vemos en la bolsa y ,en general, en algunos productos de los mercados financieros:
Los indios de una remota reserva preguntaron a su joven y nuevo Jefe:
- ¿El próximo invierno será frío o apacible?
Dado que el jefe había sido educado en una sociedad moderna no conocía los viejos trucos indios, así que, cuando miró el cielo se vio incapaz de adivinar qué iba a suceder con el tiempo y se arriesgó a decir que el invierno sería verdaderamente frío, y los miembros de la tribu debían recoger leña para estar preparados.
No obstante, como también era un dirigente práctico, a los pocos días tuvo la idea de telefonear al Servicio Nacional de meteorología.
- ¿El próximo invierno será muy frío? – preguntó.
- Sí, parece que el próximo invierno será bastante frío respondió el meteorólogo de guardia.
De modo que el jefe volvió con su gente y les dijo:
- Deberéis juntar todavía más leña, para estar aún más preparados.
Una semana después…, el jefe llamó otra vez al Servicio de meteorología y preguntó:
-¿Será un invierno muy frío?
-Sí -respondió el meteorólogo- va a ser un invierno muy frío.
Honestamente preocupado por su gente, el jefe volvió al campamento, ordenó a sus hermanos que recogiesen toda la leña posible, el invierno iba a ser verdaderamente crudo.
Dos semanas más tarde, el jefe llamó nuevamente al Servicio Nacional de Meteorología:
-¿Están ustedes absolutamente seguros de que el próximo invierno será muy frío.
-Absolutamente, sin duda alguna – respondió el meteorólogo- va a ser uno de los inviernos más fríos que se hayan conocido.
-¿Y cómo pueden estar ustedes tan seguros?
-No tenemos duda porque los indios están recogiendo leña como locos.
Como vemos, un “jefe” apuesta a algo sin tener ningún motivo racional para ello, y todos le siguen hasta el punto que la profecía se autocumple porque incluso los que deberían saber cual es la apuesta correcta se dejan guiar por el movimiento masivo… Sustituyamos al jefe por Goldman y en lugar de la previsión meteorológica la del precio de la plata por ejemplo y se comprende fácil. También podríamos incluir en esta “profecías autocumplidas” todas las recomendaciones de analistas que hacen subir a un valor el día que son de compra o bajar el día que son de venta, si bien su impacto suele ser corto en el tiempo. Y por qué no, al propio análisis técnico cuando determina niveles de soporte y resistencia por todos conocidos. Ya poco importa si el cálculo es correcto o el motivo de por qué lo es, tan sólo que la inmensa mayoría lo considera así.
Pero aún así, llama la atención cómo una proporción matemática que se repite en la Naturaleza aparezca también en los gráficos bursátiles. El número áureo –también conocido como el de la proporción divina o el de la belleza- es un número algebraico que posee muchas propiedades interesantes y que fue descubierto en la antigüedad, no como “unidad” sino como relación o proporción. Esta proporción se encuentra tanto en algunas figuras geométricas como en la naturaleza en elementos tales como caracolas, nervaduras de las hojas de algunos árboles, el grosor de las ramas, etc.. Se suele representar como la letra griega φ (fi) y su fórmula matemática sería la siguiente …
Lo verdaderamente misterioso es que esta cifra que podemos encontrar en la Naturaleza se repite en el carné de identidad, en las tarjetas de crédito, en casi todas las cajetillas de tabaco y hasta en el Partenón. Incluso en el ejemplo de lo que es un cuerpo armonioso: el hombre de Vitrubio, de Leonardo da Vinci, ya que si dividimos la altura del ser humano por la distancia del ombligo a la punta de los dedos obtendremos esa proporción. Y como podemos observar incluso aparece en nuestras orejas:
Pues aplicando eso a los gráficos de la bolsa (o de cualquier activo) resulta que se pueden obtener niveles interesantes de soporte y resistencia que suelen cumplirse. Primero hay que identificar un impulso u onda, de tal modo tendremos dos niveles, de donde parte el impulso (A) y el nivel donde termina (B). Tenemos que tener en cuenta que los impulsos pueden ser alcistas o bajistas así actuaremos en consecuencia siendo los más relevantes el 38,2% y el 61,8%. De hecho, hay hasta calculadores de soportes/resistencias (depende si el movimiento es a la baja o al alza) en la red basados en esto. Por ejemplo, en este gráfico del Ibex desde los mínimos de 2002 podemos apreciar la importancia de estos dos niveles (en verde) respecto a los demás
Otra cosa es basar una operativa sólo en esto, claro.
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El número áureo